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NERON Y SU LIRA Miguel Oswaldo Perozo. R. Hoy la tragedia de Haití ha estremecido el corazón del mundo. La secular pobreza de esa nación afrodescendiente es un estigma en la conciencia de políticos norteamericanos y europeos, desde la hora aciaga de la llegada de Colón en 1492, cuando la España imperial dio cuenta de los caribes y arawak que la poblaban. Esos seres, que en opinión de los clérigos y la nobleza europea, no tenían alma, fueron apenas una insignificante porción del cruento exterminio al que nos sometieron los colonizadores blancos durante cuatrocientos años, muy a pesar de Bula Sublimis Deus del 09 de junio de de 1537, en la que el papado de Roma, tras medio siglo de criminalidad y barbarie, se atrevió a reconocer la condición humana y racionalidad del aborigen. Esta isla llamada de la Española se la repartieron España y Francia en 1697 mediante el Tratado de Ryswick. Dos años más tarde, el 14 de agosto de 1769 en Bois-Cayman, al abrigo de una ceremonia vudú comienza a gestarse un movimiento de liberación, conducido por el Mártir Francois Dominique Toussaint-Louverture, quien dirige la lucha armada contra las tropas inglesas, francesas y españolas, desde 1793 hasta 1802 cuando es desterrado y ejecutado en Francia. En 1803, el Patriota Jean Jacques Dessalines, tras derrotar las tropas francesas en la Batalla de Vertierres, declarara la independencia de Haití, que será el segundo Estado en lograr su independencia en América, después de los EEUU. En 1844 los dominicanos arman tienda aparte y nace así la República Dominicana, que comparte la isla con sus vecinos haitianos, ambos en condición de Estados soberanos. Toda esa historia es un tenebroso capítulo de humillación y muerte, escrito con la sangre derramada bajo esa parcela de sol caribeño. Por allí comenzó la larga noche de la resistencia afrodescendiente y aborigen por la liberación de la Abya Yala, un Continente sojuzgado. Con aquel ejemplo se desató la rebelión artesanal y heroica que incendió Suramérica en su afanosa búsqueda de la Independencia. Desde entonces el noble pueblo haitiano ha tenido que pagar bien caro su pecado: crucificado como Cristo por nosotros, jamás ha podido sacudirse del alma los estigmas de la humillación y esclavitud, renovados cada cierto tiempo por las tropas norteamericanas que invaden su territorio, manipulan su economía y compran su mano obra con salarios vergonzosos. A ese pequeño país, disminuido por la extrema pobreza y discriminado por la segregación racial de Occidente, no llegaron jamás los efectos de la Bula Sublimis Deus, que el Pregón del Vaticano difundió por estas tierras, lanza en ristre y crucifijo en mano. Haití, para Europa y Norteamérica, (España, Francia y Estados Unidos) ha sido siempre –y seguirá siendo- una nación de negros sin almas, sometidos a las incontables dentelladas de los lebreles imperiales, que han mordido la carne magra de su pueblo esclavo, cruelmente explotado por la práctica de la maquila, salvajemente impuesta por las industrias transnacionales. En algún lugar de la Red, Wikipedia talvez, Alejandro Teitelbaum, Abogado especialista en Relaciones Económicas Internacionales en Paris, Representante de la Asociación Americana de Juristas ante las Naciones Unidas, autor de libro El Papel de las sociedades transnacionales en el mundo contemporáneo, ilustra con este incidente la infortunada cruel historia de los haitianos: “Cuando Aristide asumió el Gobierno en Haití en 1991, propuso aumentar el salario mínimo de 1,76 a 2,94 dólares por día. La Agencia para la Inversión y el Desarrollo de los Estados Unidos (USAID) se opuso a esta propuesta, diciendo que significaría una grave distorsión del costo de la mano de obra. Las sociedades estadounidenses de ensamblado radicadas en Haití (es decir la casi totalidad de las sociedades extranjeras) concordaron con el análisis de la USAID y, con la ayuda de la Agencia Central de Inteligencia, prepararon y financiaron el golpe de Estado contra Aristide (Haití After the Coup. A Special Delegation Report of the National Labor Committee. Education Fund in Support of Worker and Human Rights in Central America, New York, April 1993). Como la reacción internacional (el embargo) y el caos interno paralizaron las labores de las sociedades estadounidenses en Haití, las tropas de ese país, con el aval del Consejo de Seguridad, restablecieran a Aristide en el Gobierno (y aseguraran al mismo tiempo la impunidad y un confortable retiro a los jefes militares golpistas).” Los científicos de Europa y Norte América, dotados de los más avanzados recursos tecnológicos para auscultar los intersticios del planeta en busca de petróleo, conocen al detalles la alta fragilidad de aquellos suelos, sin embargo, las potencias económicas de los llamados países del “primer mundo” jamás han puesto de manifiesto iniciativas destinadas a restructuración de esos precarios urbanismos, construidos sin elementales previsiones técnicas, sobre ese inmenso polvorín donde viven hacinados cientos de miles de obreros y campesinos haitianos, con sus proles desnutridas y enfermas, condenadas a la aberración de la pobreza. Esa ciencia del terror y la dominación tiene identificada la Falla de Enriquillo, y sabe, hasta la saciedad, los potenciales riesgos que ella representa para los conglomerados humanos que se hacinan en esa isla, refugiados en inestables inmuebles. Entones, -¿por qué, así como intervienen la Soberanía de ese país, controlando su economía y los movimientos sociales, no han dispuesto la aplicación de un proyecto que permita el aseguramiento de sus estructuras urbanas, con el fin de liberar de riesgos sísmicos la vida de sus habitantes? Esta no es tarea que van a acometer la ciencia y la tecnología al servicio de los grandes capitales, porque el fin último de esos capitales es dominar el mundo y apropiárselo a cualquier precio. Por eso, aun cuando conozcan esos riesgos a cabalidad, jamás van a hacer nada para evitar el estallido de esa olla de presión con ocho millones de seres prisioneros en su interior. Estas reflexiones parecen cobrar fuerza en una reciente versión de científicos rusos circulando en la Red, conforme a la cual el actual terremoto que diezmó la isla antillana de Haití, habría sido provocado por la Armada de EEUU, mediante el proyecto HAARP ( por sus siglas, del inglés High Frequency Active Auroral Research Program, Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), arma siniestra, con el más grande y criminal poder de destrucción de todas cuantas se conocen hasta ahora, destinada a provocar terremotos, cambios bruscos del ciclo de la lluvia, y alteraciones climáticas. No hay nada nuevo bajo el sol: los EEUU con su HAAP y Obama, avalados ambos por la Academia Sueca, son la más fiel reminiscencia de la crueldad humana, un huracán de muerte se adueña del planeta y lo arrodilla: ¡Nerón con su lira…! Miguel Oswaldo Perozo R.
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